El Regreso de Ulises

Ulises había salido de casa con el propósito de ayudar a un amigo en una batalla muy importante. La guerra fue muy difícil y larga también, pero con astucia lograron darle un golpe bajo al enemigo. Después de abrazos y advertencias, cada cual inició el regreso a la patria. \n\n Ulises viajaba hacia su hogar con algunos de sus amigos. Todos iban muy cansados; no es sencillo reponerse de una situación tan caótica como la de aquella gran batalla. El viento era favorable para el regreso y el mar estaba en calma, pero ninguno de los tripulantes de aquella embarcación que dirigía Ulises imaginó que la ira de un dios del inframundo se había despertado contra él, un dios que lo aborrecía como a nadie por las destrezas de nuestro personaje; entonces, este maligno enemigo se propuso estropear su regreso a casa. \n\n Así comenzaron los problemas: el viento se tornó adverso y el mar violento y, como todos los tripulantes se encontraban agotados y un poco desorientados después de la guerra, fue muy fácil que una ola los despojara de la nave. \n\n Cuando Ulises despertó se encontraba desnudo y solo en una playa. No había rastro de sus compañeros, quizás ellos fueron rescatados o tuvieron la misma suerte de Ulises o tal vez no sobrevivieron; eso sólo Dios lo sabe. Pero Ulises estaba allí, en una playa desconocida llorando su desventura. Fue entonces cuando apareció una hermosa mulata, ¡buena para bailar el calipso! Era la dueña de esa isla. Ella lo sedujo, lo enredó entre sus bellas piernas y eso hizo que Ulises olvidara por completo que debía regresar a su casa.\n\n Ulises no miró más al cielo, como lo hacía cuando recordaba que alguien lo esperaba en casa. Y es que allá, en su verdadero hogar, había alguien que lo amaba con toda el alma, quien tejía esperanzas para Ulises durante el día y destejía los males que lo acechaban por las noches. Alguien que seguía tejiendo y quien no quería que nadie ocupara su lugar en la mesa, a pesar de saber que había pretendientes para ese puesto. \n\n Esa mano poblada de amores y virtudes seguía tejiendo y destejiendo, esperando con paciencia el regreso de Ulises, ¡sabía que volvería! Pero Ulises ni pensaba en ello, pues bien que se divertía viendo a la mulata con su calipso. Fue poco a poco que nuestro amigo fue abriendo los ojos para darse cuenta de que el calipso que le bailaba la mulata no era gratis, pues él debía ceder a todo lo que ella quisiese, es decir, ¡Ulises era su esclavo! \n\n Así, día tras día, él empezó a reflexionar, a sentirse usado y, por fin, a recordar que él no pertenecía a ese sitio. Recordó también que en una época él tenía autoridad y que bastaba con amarrarse los pantalones (¡aunque a la mulata no le gustaba que él los usara!) para salir de la isla. Simplemente le dijo a la mujer que tomaría una barca y que se iría a su hogar. Ella le bailó una vez más y le dijo: “Eres mío, sólo mío, ¡mío!”, pero él no la quiso mirar, sentía repulsión hacia ella, ya estaba harto de la misma falacia de ese baile esclavizante y se marchó.\n\n En el mar empezó de nuevo la batalla, porque el dios del inframundo no estaba dispuesto a permitir que Ulises llegara a su dulce hogar. Las olas se elevaban increíblemente, pero Ulises sólo remaba con los ojos fijos en el norte y decía: “No me hundirás más, si es preciso caminaré sobre las aguas, pero este es mi tiempo de volver…” \n\n El regreso fue muy duro y a veces le parecía ver las piernas de la mulata pasar frente a sus ojos, él se estremecía, pero no dejaba de remar. Parecía que los hilos del destino que tejía quien lo amaba más que nadie lo atraían. ¡Esos hilos eran más fuertes que el calipso de la mulata! Y más fuertes que ese diosecillo y más fuertes que el mar y más fuertes que Ulises. '
Scroll to Top