Sanidad Para un Corazón Apasionado
Desde los lugares celestiales un ángel era enviado para recibir la ofrenda de un hijo de hombre, que presentaba sobre un altar una ofrenda de paz encendida en olor grato a su Señor; aquel hijo de hombre estaba rindiendo su corazón, ofreciendo lo único que podía ofrecer, lo que él estimaba como su más preciada posesión, lo único que como hombre le quedaba.\n \nEra solamente humo lo que físicamente subía, y el ángel lo tomó, lo completó parte por parte, y conoció que se trataba de un viejo libro, un libro de pasta verde, adornado con márgenes de ramajes y gardenias en alto relieve, impregnado de pequeñas salpicaduras de amarillo vivo ajenas de manera casi obvia al adorno original de la pasta, pero un pesado libro de contenido casi oculto, escrito con letras elegantes y llenas de sentimiento.\n\nEl ángel sintió curiosidad y hojeó su contenido, siendo que había sido enviado a una jurisdicción que no era exactamente la suya y desconocía de qué tratara el contenido de aquel libro. En su interior encontró algunos relatos de las vivencias de aquel hijo de hombre en los altos lugares que le fueron concedidos por su Creador conocer, historias de un cotidiano vivir que dejó de ser tan cotidiano, la historia de sueños en formación y desarrollo, en un proceso que duró incluso años, que llevaron a la construcción del carácter de aquel hijo de hombre.\n\nLlegando casi al centro encontró lo que parecía más bien una despedida, y decía: “Dulce fue a mi corazón tu cercanía, saborizante de lo simple, grato aroma de compañía; dulce fue a mi corazón tu comprensión, presteza constante, en inusual forma de expresión; dulce fue a mi corazón tu alegría, que quiso voluntaria tu alma compartirme, en armonía; dulce fuiste tú a mi vida, como dulce es también recordarte, compartiéndome vida”. El relato parecía describir a alguien en la vida de aquel hijo de hombre, alguna persona que llegó a ser muy especial para él.\n\nPero el ángel notó que su escritura respecto a esa persona era muy variante en su sentimiento, pues varias páginas después encontró en tono serio, pero con un tanto de reconocimiento y admiración: “Bisturí en la mano de mi Señor, para remover la dureza de mi corazón. Anteojos de la mano de mi Señor, para expandir la visión por sobre mi propia limitación. Escalera por la cual ascendí, dispuesto a no descender jamás, siendo que por dulzura descubrí del amor su expresión, siendo que por dulzura inducido fui a subir tras el ejemplo”.\nEl ángel admiró un poco más a aquella persona, reconociendo también la grandeza de los dones que el Señor por Su gracia le había concedido; y luego de unas diez, veinte y hasta treinta páginas, retrajo su rostro, y empezó a entender por qué le había sido tan difícil a aquel hijo de hombre desprenderse de aquel libro verde, cuando leyó: “Como la flor que provee de dulzura a las abejas, como el panal que almacena la dulzura que tú comes, así impregnaste de dulzura aún mis cejas, así llenaste de dulzura aún mis canciones”. El ángel entendió; escuchó algunas de esas canciones, las cuales no escucharon jamás los hombres; entendió que era expresión de hombre, la cual no podía el tal resistir.\nEl ángel seguía revisando sus páginas, en tanto continuaba su ascenso, que a propósito hizo más lento, haciendo espacio para conocer un poco más de la historia. Se enteró del sufrimiento de aquel hijo de hombre, aquellas tardes cuando, sin saberlo con certeza, presentía en su corazón la ruptura de sus sueños, los sueños que había estado construyendo desde hacía ya años atrás, y que le llegaron a parecer más cercanos que nunca, pero que entonces empezaban a sucumbir luego de observar bien a su alrededor.'